martes, 16 de enero de 2018

Cabudare y el terremoto de Cumaná de 1.929


CABUDARE, BUCOS Y MAMEYES


Cabudare y el terremoto de Cumaná de 1.929



Américo Cortez
Cronista de Cabudare



Los miedos y temores a los terremotos son naturales, más si como nosotros vivimos en Cabudare, pues se encuentra atravesada por la falla de Boconó y en cualquier momento podría suceder u evento sísmico. Dios nos libre.

El 17 de enero de 1.929 a las 7:32 de la mañana sucedió el terremoto de Cumaná, donde murió el 8% de la población de esa ciudad y trajo consecuencias, no solo en Cumaná, sino, en muchas partes de Venezuela, sobre todo en el oriente del país. La fuerza telúrica fue de una magnitud de 7.0 en la escala de Richter, teniendo como epicentro el Golfo de Cariaco.







En Cabudare, se sintió el sacudón. Don Julio Álvarez Casamayor, que para esa fecha contaba con 10 años de edad, nos cuenta algunas de las cosas que sucedieron en Cabudare ese día y los siguientes y que podemos decir, que hubo verdades y manipulaciones. Depende del lado que se vea.

En 1.929 el párroco en Cabudare era el Presbítero Agustín Álvarez, quien desde 1.927 llevaba con pasión el rebaño cabudareño. Todo el pueblo le era fiel y respetaba al levita que había demostrado ser un verdadero hombre de la fe. Nadie veía con sospecha ni dudas sus peticiones y mandatos.

Igualmente estaba recién llegada a Cabudare, una congregación misionera redentorista, que hacia misas y se movilizaba, no solo a la casas de los vecinos de Cabudare, sino que establecían contacto y visitaban Agua Viva, los Rastrojos, la Piedad y demás caseríos. Muestra de ello son las cruces misioneras que dejaron en diferentes puntos del municipio, como testimonio de la fe y sus visitas.

La vieja casa donde vivía Julio Álvarez, el día del terremoto de Cumaná, era de adobes y tejas, propiedad de su padre y luego fue de “Panchita” Casamayor, como llamaban a la hermana de Augusto Casamayor, reconocido comerciante, de grata recordación por el Cabudare de entonces y que estaba ubicada en la calle “Domingo Méndez”, esquina noreste de la calle “San Rafael”, lo que se llamaba la esquina de “la caja de agua”.

Cuando comenzó a moverse el piso, por el terremoto, el niño de entonces, Julio Alvarez, sin saber de técnicas ante sismos y que dormía plácidamente en una cama de tijeras de madera con lona, se quedó quieto, viendo caer terrones de las vetustas paredes, hasta que sus familiares lo sacaron de la casa.

El miedo y terror de los cabudareños fue tal, que todo el pueblo decidió dormir en las calles o en la plaza Bolívar, por precaución. Improvisadas chozas, trojas y la intemperie fueron el lecho de la mayoría del pueblo. La situación duró más de una semana y es allí donde los misioneros redentoristas, aprovechándose del miedo, empezaron a congregar a la gente en la iglesia para dar sermones llenos de temores, castigos celestiales y demás, pidiendo al pueblo que se arrepintiera de sus pecados, haciendo hincapié en que los pecadores debían entregarse a la adoración del Altísimo y la protección y dedicación de sus familias.

Para más ñapa y completar el cuadro, algunos parroquianos, disociados o traumatizados por el terremoto, tal vez mandaos, empezaron y que a ver señales del cielo; velas que al quemarse tomaban formas de santos, olores que presagiaban lo malo, extraños vientos y hasta sonidos que anticipaban algo. Ante este escenario, pues era fácil que el pueblo cayera ante el influjo de los misioneros redentoristas.

En esas fechas, vivían en Cabudare, muchas parejas amancebas, es decir sin casarse, lo que aprovecharon los redentoristas para exponer y acuñar la frase “el castigo divino”. Allí en la plaza, casi hasta la media noche, medio pueblo se amontonaba a comentar, rezar y conversar, temiendo otro terremoto.

Aunque Cabudare había sufrido casi nada con el hecho, el miedo y el desgarrador sermón que día a día iba dirigido a “los pecadores”, hizo que muchas parejas amancebas, después del susto, se casaran en los próximos días, como lo testimonia Don Julio y los libros de matrimonio del Concejo Municipal y de la iglesia parroquial.

Aunque don Julio al contarme ese hecho, no me mencionó nada sobre la convicción matrimonial creada por los redentoristas, debo inferir que la ola de matrimonios de esos días, pudo ser provocada por el cura párroco, respetando la fe y la buena intención. Si, el padre Álvarez, quien aprovechando (digo yo) el sismo y sabiendo quienes vivían en condiciones no propicias moralmente para la iglesia católica, le pasó el dato a los misioneros, para que estos, sabiendo donde afincarse, trabajaran sus psiquis, e incluso, visitarían muchas casas, para convencerles que ellos casándose estaban salvando a Cabudare de una catástrofe y del “castigo divino”. Lastima no tener referencias de nombres y familias involucradas, para averiguar, como les fue con el matrimonio salvador de Cabudare o si luego de sentirse engatusaos se divorciaron.

Lo cierto es que el terremoto de Cumaná también sirvió para que surgiera un momentáneo grupo de nuevos empresarios que se aglomeraron alrededor de la plaza: vendedores de fritangas, chicharrones de marrano, bollos, alfajoras,  cucas, biscochos cabudareños, panes guameros, conservas de las cuibitas, guarapos e igualmente estampitas, escapularios, sahumerios, velas y demás. Todo el día era un trajinar a la iglesia, con misas, rosarios, rogativas al Nazareno y penitencias. Hasta una improvisada cruz de madera se construyó y estuvo tiempo expuesta en la iglesia y fue llevada, en ocasiones, a los caseríos, para hacerle misas, pero sospecho, que era para recordarles a los cabudareños que “el castigo divino” podía volver con más furia a cobrarles el desacato a la fe. Así que ellos, si querían salvar a Cabudare debían encarrilarse y mantenerse por el buen camino.

Ese 17 de enero de 1.929, día del terremoto de Cumaná, no hubo en Cabudare grandes daños materiales, ni heridos, menos muertos, pero sirvió para reafirmar el poder que por mucho tiempo tuvo la iglesia y del cual aún quedan resquicios. Tampoco hubo ese día un Bolívar como en Caracas en 1.812 que dijera ante el sismo y el posible castigo anunciado por los redentoristas “si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y seguiremos viviendo amancebaos”.

Así me lo contó don Julio Álvarez Casamayor y así lo cuento, claro, poniéndole algunas cositas, pa` entreteneme.


proyectoculturalsarao.blogspot.com



El miedo al castigo divino




El poder de la iglesia basado en temores