martes, 1 de diciembre de 2020

CAMINANDO POR MI CABUDARE

 

CABUDARE, BUCOS Y MAMEYES

Caminado por mi Cabudare

 

Américo Cortez

Cronista de Cabudare

 

Siempre que camino por mi viejo Cabudare, no puedo dejar de pensar en la grandeza de tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo, de sus hazañas, propias de gente comprometida con la tierra. Pienso en la valentía de Cristóbal Palavecino, José Gregorio Bastidas y Nicolás Patiño. En la justeza como hombre público de Aquilino Juáres. En la generosidad y entrega de Juan de Ponte, en la eterna condición de educador de Juan de Dios Meleán, en las habilidades innatas de hombre público de Vicente Amengual, en el recto proceder de Omaira Sequera Salas, en la profundidad del conocimiento de Héctor Rojas Meza, solo por nombrar algunos.

Igualmente pienso en la desdicha de muchos de ellos, por ver truncados sus sueños de ver grande a Cabudare. En muchos de los casos no pudieron vivir su vida adulta y vejez en el suelo que los vio nacer.

Cabudare no ofrecía centros de enseñanza y posibilidades para aquellos preclaros hombres y mujeres. Con excepciones, se vieron obligados a salir del terruño para avanzar en sus vidas, y no era condición indispensable para salir adelante, sino que el afán de superación de algunos pasó por esa decisión.

De igual manera pienso en el riesgo permanente al que está sometido el patrimonio edificado de Cabudare, producto de tanto abandono de propietarios, autoridades y comunidades que no entendiendo su importancia, dejan al olvido y suerte la preservación de casas y  monumentos.

Al hablar del patrimonio inmaterial, aquel que desde su latente presencia ilumina la identidad de los pueblos, aún el riesgo es más grande, ya que al no estar permanentemente a la vista o expuesta a los sentidos, va diluyéndose, hasta llegar al completo olvido y aunque es responsabilidad de todos mantenerlo vigente, pareciera que es menos doloroso, ver por ejemplo, el olvido a la poesía, las canciones y otras expresiones del pensamiento sucumbir a la “vida moderna”, que nos arrastra a no sentir lo nuestro.

Es una tarea titánica lograr que sobrevivan las imágenes de nuestros próceres, de nuestros artistas y de nuestro patrimonio edificado. Sin embargo, teniendo en mente la frase llena de esperanza y fe en la humanidad de Martin Luther King, que reza “si supiera que mañana se acaba el planeta, hoy plantaría un árbol”, debemos seguir dando nuestros mejores esfuerzos abonando la posibilidad de mantener y preservar el patrimonio de Cabudare.

Sensibilizar y hacer reflexionar a la población al respecto, hacer que las ordenanzas sean más eficientes y que los controles por parte de las autoridades hagan posible aumentar el respeto por el patrimonio, sea del tipo que sea, es deber que constantemente desde nuestra oficina de cronista hacemos. A veces con respuestas oportunas, otras no tanto, pero como Luther King no pierdo la fe ni la esperanza en alcanzar mejores estados de conciencia y respeto, por aquello que produce identidad y orgullo.

La presión permanente a la que viven sometidos inmuebles con valor patrimonial y las escasas posibilidades que tienen muchas familias de mantenerlos en buen estado, siempre coloca en las mentes de sus propietarios y habitantes, la posibilidad de venderlos y casi siempre los compradores (árabes, chinos, etc.) no están pensando en mantenerlos como fueron construidos, sino, convertirlos en centros comerciales, galpones y negocios. Total, para ellos no significan nada, ni en lo patrimonial, ni en lo espiritual. Algunos al comprarlos utilizan el viejo truco de dejar que se caiga o “ayudarlo” a ello, pues saben las restricciones que existen con estas edificaciones y prefieren pagar las risibles multas de la Ley de Patrimonio y luego hacer lo que se les antoje allí. Ha pasado mucho y me imagino que hasta un librito, escrito por algún inescrupuloso gestor está a la mano, para violentar las leyes y ordenanzas de resguardo y protección del patrimonio.

Caminando y pensando, reflexionando y accionando. Hablando y buscando aliados, sensibilizando y apostando al cambio de conductas. Como un Quijote seguimos en eso.



Casa de los López Barreto, desaparecida




Don Julio Alvarez Casamayor, valladar de nuestra historia




Los panes de Juan Tista, desaparecidos




"Mi Cabudare viejo", como decía Pedro Escalona





Parroquianos, !cuanta historia al olvido!



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